martes, 30 de septiembre de 2014

XXIV

Voy a contarte una historia.
Quizá te suene, quizá no la entiendas.

Era de noche,
aquel día el cielo era gris.
Estaba triste y seguía sin su luna.
La lluvia mojaba mis ojos
y quizá los de ella, quién sabe.

Los miedos se apoderaban de mi cuerpo
Silencio, ¡Callad!
¿Quién os ha dado permiso?
Es una locura, lo sé,
pero dejadme escuchar al corazón.

El tiempo amainó,
dejaron de ahogarme las nubes con sus lluvias,
de partirme los rayos incesantes
y de quemarme el corazón los soles.

Llegaste tú,
la más bella luna que el cielo puede soñar,
para enseñarme tu luz
y hacerme brillar de felicidad.

Es lo mejor que pude hacer.
Dejar a un lado los rencores,
aparcar el miedo al frío que humedece,
dejarme envenenar por el mejor de los cianuros,
y ese no es otro que el amor que ahora me inunda.

No hay cabida para el arrepentimiento
Pues, ¿quién en su insania vida
osa arrepentirse de la felicidad?

Y ahora que el nunca es siempre,
es hora de entender, pues un día dije:
"Nunca sabrás el motivo de mi risa
al verte afirmar que caería
Pues no se puede enamorar
de quien se está enamorado ya".

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