martes, 30 de septiembre de 2014

XXIV

Voy a contarte una historia.
Quizá te suene, quizá no la entiendas.

Era de noche,
aquel día el cielo era gris.
Estaba triste y seguía sin su luna.
La lluvia mojaba mis ojos
y quizá los de ella, quién sabe.

Los miedos se apoderaban de mi cuerpo
Silencio, ¡Callad!
¿Quién os ha dado permiso?
Es una locura, lo sé,
pero dejadme escuchar al corazón.

El tiempo amainó,
dejaron de ahogarme las nubes con sus lluvias,
de partirme los rayos incesantes
y de quemarme el corazón los soles.

Llegaste tú,
la más bella luna que el cielo puede soñar,
para enseñarme tu luz
y hacerme brillar de felicidad.

Es lo mejor que pude hacer.
Dejar a un lado los rencores,
aparcar el miedo al frío que humedece,
dejarme envenenar por el mejor de los cianuros,
y ese no es otro que el amor que ahora me inunda.

No hay cabida para el arrepentimiento
Pues, ¿quién en su insania vida
osa arrepentirse de la felicidad?

Y ahora que el nunca es siempre,
es hora de entender, pues un día dije:
"Nunca sabrás el motivo de mi risa
al verte afirmar que caería
Pues no se puede enamorar
de quien se está enamorado ya".

sábado, 1 de febrero de 2014

Imberbe humanidad

No es mejor ser humano sin piedad
Es peor tender la mano y ayudar
Pues ya en mi corta vida
estoy falto de alas y no puedo escapar.
Escapar de la risa que huye sin prisa
Escapar del oro que cubre su tez.

¿Y dónde están sus alegrías?
¿Las mías por ser al fin
el ansiado ente inestable?
Las perdí por ser leal.
Leal al dinero, las normas y la edad.
Leal a la vida, esa que da muerte
y nos quita lo que da.

Es por eso que no es justo
que yo deba mendigar
si aquel ser ruin y perspicaz
que bondad se hace llamar
no devuelve lo que un día quiso arrebatar.
Y esa cosa tan insustancial
no es más que una pizca de justicia y bienestar.

No pedía más para estas olas sin mar,
para este vaivén sin utopía
y su imberbe humanidad
que amenaza con su huída.

Esa es la razón de que hoy mantenga mi actitud
y quiera vincular la pura enemistad y la peor severidad
contra todo lo que hizo que hoy dejen de volar
las tristezas y alegrías de un inestable emocional.

Lamento la oquedad de la palabra,
la cruel entonación que tiñe el habla
pues hoy quien maldice no soy yo,
es la razón de un pueblo avasallado llamado corazón.