alguna vez fue correspondido,
que las cegadoras nubes nunca existieron
y que jamás lanzaron cristales de hielo.
tan hermosa que caí.
Ahí siguió, la toqué,
tan húmeda que lloré.
Aquí está, la siento,
tan fría que me estremezco.
abrió sus alas y entre sus gotas
y cristales el rayo apareció.
Y ahí quedé yo, inundado,
de este maltrecho harapo que
al fin aprendió a ser vil,
que ahora sabe que el sol quema,
la luna es inalcanzable para él
y que el color de las nubes
siempre fue el gris.
allí donde el mar pueda sanarme
donde mi humedad se confunda con el agua,
pero sin olvidar que sus gotas
son fruto de nubes y no sólo de una,
sino de un cielo de nubes.